Sant Jordi y la princesa, Bernat Martorell, 1434-35

Arte que inspira… arte que cuenta historias…

Había una vez una princesa nacida para reinar sobre los mejores parajes que la naturaleza ha podido crear. El agua que corría por sus ríos y lagos era de lo más cristalino, que los últimos líquenes del fondo se distinguían como esmeraldas; las flores silvestres brotaban en sus frondosos campos formando un arco iris de tantos colores brillantes como el hombre jamás pueda imaginar; los ciervos y los caballos corrían libres proporcionando al paisaje una visión de belleza y poder maravillosa… El castillo donde vivía la princesa, se levantaba imponente, majestuoso, dominante sobre todo ese territorio casi irreal, perfecto.

Pero era la princesa quien sintetizaba, cual un espejo, toda la magnificencia de ese reino. Su porte era delicado pero de movimientos enérgicos; su mirada altanera pero de unos ojos de mirada infinita que invitaban a respetarla y admirarla a la vez; su sonrisa comenzaba a vislumbrarse en la luz de los iris de sus ojos y estaba reservada a pocos momentos, pero quien tenía la suerte de recibirla creía haber descubierto la grandeza del mundo en esa sonrisa, de dientes límpidos y labios cincelados a la perfección. Tal vez era la mezcla de picardía e inocencia que la hacía tan especial, el instante antes de recibirla uno, distinguía seriedad, y en el instante siguiente, su rostro se iluminaba, tal como se ilumina el horizonte cuando amanece.

Los lugareños experimentaban un antes y un después en sus vidas si tenían la dicha de ser regalados por esa espléndida sonrisa. De alguna manera, se sentían bendecidos, como si un ángel les anunciara la buena nueva que todo hombre espera.

Pero esa sonrisa no había sido fruto de la casualidad sino de la causalidad. Porque en esta vida, y las princesas no están exentas de ella, cuanto más grande es el sufrimiento, más grande es la enseñanza que el hombre sea capaz de aprender.

Remontándonos años atrás, esa princesa obtenía todo cuanto deseaba, cuanto necesitaba, nada le era negado, y si alguien osaba arrebatarle lo que le pertenecía, era castigado con la muerte. El poder que desplegaba la princesa abarcaba hasta el más recóndito lugar de su reino.

Pero un día fue invitado al palacio un apuesto trovador, quien no necesitó más que entonar la primera poesía, para cautivar el alma y el cuerpo de la princesa. Y la princesa, no necesitó más que un leve movimiento para ser objeto de deseo por parte del trovador. Se miraron, con arrogancia ella, con altanería él, pero supieron en ese instante, como todo hombre descubre alguna vez en esta vida, que sus corazones ya no eran dominados por ellos mismos, sino por la fuerza incontrolable del amor.

En esa primera reunión, las poesías iban in crescendo, hablando de belleza, de melancólicas historias, de sensualidad, de pasión… y la princesa quedó conmovida y extasiada ante aquellas palabras. Pero el trovador, aún con toda su vanidad, de quien se sabe poderoso ante una mujer, no podía verse imbuido en un rostro que ninguna palabra para él haría honor al describirlo. Para él, que había conocido miles de rostros hermosos, repugnantes, nunca había contemplado esa mezcla de pureza y misterio que anuncia un espíritu impetuoso, distinguido, sofisticado, múltiple de emociones desconocidas.

La princesa, bajo un velo de caridad y generosidad, anunció que permitiría al trovador alojarse en el castillo y permitir a sus vasallos asistir a cuantas reuniones quisieran para otorgarles la oportunidad de disfrutar, ellos también, de semejante poesía. Sin embargo, durante el día  estos amantes distantes encontraban momentos sublimes en que paseaban por los bosques, igual que dos campesinos ociosos los días de verano. En aquellos momentos, el trovador no recitaba poemas, y su retórica literaria se convertía en una hombría más mundana, sin perder ese exquisito acento lírico, e incluso inocente, impreso por decenas de experiencias pasadas, experiencias severas, que nunca debilitaron el alma del trovador. La princesa escuchaba esas vivencias. Inquisitiva, curiosa, encontró un universo ignorado por ella, que la abrasó, que la excitó, que deseó poseer, sin temor a que tal vez, eso no podría poseerlo. No distinguió si deseaba al trovador por quien era, o por lo que representaba. No distinguió si amaba a ese joven apuesto por su persona, o por querer convertirse en alguien como él. Libre, viajero, aventurero, conocedor de países exóticos, de culturas motivadoras.

Y llegó el espeluznante día que toda princesa experimenta alguna vez. Espeluznante para una princesa, quizás sólo desagradable para el resto de los humanos, pero para una princesa, que cree que todo lo puede poseer, y aunque para el resto de los mortales insustancial, para una princesa, la pérdida del fruto de su deseo resulta espeluznante. El trovador, sin maldad, sin mala intención, fruto de su naturaleza esquiva, independiente, fruto de una naturaleza a quien nadie había enseñado a amar, a quien nunca habían amado, marchó un día que desde entonces sería recordado por ese reino perfecto, porque fue asolado por una tormenta de nieve que destruyó algo de la belleza de ese reino.

La princesa, aquella mañana salió a los caminos impracticables, azarosos, para buscar a su trovador. Sabía que ella no podía perder lo deseado, sabía que él habría salido a vagar como cada mañana y habría caído preso en los bosques bajo un árbol azotado por la tormenta. Los criados de la princesa la siguieron para protegerla, hasta que entre la tempestad la perdieron. Ellos no tenían la fuerza que impulsa el amor a vadear temporales.

Después de dos días, todos los vasallos por fin dieron con el cuerpo inerte, casi sin vida de la princesa. Y la trasladaron desconsolados a sus suaves y augustos aposentos. El médico estaba esperando en el castillo, sentado en el vestíbulo observaba todo el linaje que antecedía a la princesa, y quizás fue el primer hombre que no se dejó impresionar por aquella suntuosidad. Joven inteligente y discreto, de mente científica y realista, de corazón generoso, quien pasaba sus días salvando vidas, sanando heridas, consolando dolores, sin más premio que su propio trabajo.

Mientras se dedicaba a contar cuántos peldaños tenía la escalera de madera la puerta se abrió bruscamente, y él, que nunca se impresionaba por nada, se vio conmovido por la imagen  de una joven suspendida en los brazos de un corpulento sirviente. Por primera vez, su mirada no fue erudita sino emotiva. Los largos cabellos rubios, mojados y despeinados; las pestañas abundantes ocultaban unos ojos desencajados, etéreos, llenos de dolor; su boca entreabierta parecía luchar y vencerse a la vez por cobijar algo de aire que permitiera a esa joven volver a la vida; su brazo cayendo, terminaba en una mano perfecta; sí, huesuda, de una transparencia que dejaba entrever todas las venas, pero perfecta, porque simbolizaba una compasión en él que nunca había sentido. En unos segundos eternos pasó por su lado una imagen hermosa, sin que él pudiera reaccionar.

  • ¡Doctor! Tuvieron que gritarle para que siguiera al criado.

Muchas semanas necesitó la princesa para restablecerse. El médico se consideró un héroe en todo el reino. Los lugareños le honraban con regalos y felicitaciones, pero él caminaba como siempre con el rostro ladeado, humilde, sin dar importancia a lo sucedido. Sin embargo, en la soledad de su estudio, se sonrojaba al pensar en el cuerpo de la princesa, en recordar la primera vez que escuchó su voz para pedirle agua, en su mano rozando sus dedos por un descuido, mientras controlaba su fiebre…

La princesa no dejó perder su cuerpo, ni tampoco su alma. Su carácter apasionado la resguardó al nacer para todos los peligros, aunque ella no había sido nunca consciente de ello hasta que aquel día, al mirar la primavera acercarse por su ventana, aceptó que su deseo había desaparecido, que aquel trovador no aceptó su corazón. Detrás de ella, junto a la puerta, el médico la observaba. Al girarse, ella se sobresaltó y por primera vez, esbozó esa sonrisa, esa sonrisa de la que el médico había oído hablar, pero que desde que vio por primera vez a la princesa, no había día que no deseara que algún día se la dedicara sólo a él. Fue un momento que él guardaría para siempre en lo más privado y especial de su corazón.

  • ¡Es usted un héroe! Bromeó ella. Y después ironizó: – Pero usted no lo ve así… usted sólo ve en mí un átomo más de la naturaleza, ¿verdad? Él sonrió, con esa media sonrisa que alguna vez esbozaba, tímida y algo arrogante a la vez. Pero esta vez, fue especial porque se sorprendió de que ella lo conociera tan bien. Se preguntaba por qué esa joven, egoísta e insensata, quien había arriesgado su vida por una necedad, podía conocerlo mejor que nadie, mejor que él mismo, a quien nunca se le habría ocurrido describirse, ponerse adjetivos a sí mismo. Y esa curiosa princesa, envuelta en fastos y boatos, entró en su alma sin pedir permiso, impulsiva pero provocadoramente dulce. Él, que no valoraba a la gente más que por un cuerpo para experimentar a través de la ciencia, ahora se veía inmerso en un lugar desconocido, en un ámbito donde la ciencia no tenía cabida, en un espacio que de tan agradable, le inquietaba.

La princesa no había perdido su poder, ni aún menos sus maquiavélicos haceres, y prolongó meses las visitas del médico al castillo, en pos de su recuperación. Él sabía que se encontraba perfectamente recuperada pero no lograba resistirse ante la felicidad en palabras mayúsculas. Y sin querer aceptar en su mente el concepto de amor, sabía que no se resistiría a él. Ella, por fin había encontrado un ser que obedecía sus órdenes, no por su poder sino por ella misma. Los deseos de ella se cumplían por propia voluntad de ese joven extrañamente dócil, no la complacía por lo que representaba sino por quien era. Cada día descubría algo de sí misma que no conocía. Las charlas y los paseos con el médico le mostraron un mundo de aventuras reales, de experiencias excitantes como nunca había conocido. Sin embargo, su felicidad era tal que llegó un momento en que no reconocía dónde estaba ella y dónde estaba él. Por miedo a no poder distinguir los límites de esa dicha, por miedo a perderla, esas órdenes se convirtieron en mandatos, y esos mandatos en mandamientos.

Todo hombre lleva dentro una cajita destinada a ejercer sobre los demás la crueldad más inhumana. Existen muchos hombres que conocen del verdadero peligro de esa cajita, pero la princesa, acostumbrada a dominarlo todo, acostumbrada a ver la vida de sus súbditos como parte de un juego del que ella siempre salía victoriosa, quiso poner a prueba a su joven enamorado, y recurrió a esa cajita, la abrió y mostró una crueldad que ni ella misma supo controlar.

Un día, en una cena de tantas a quien era invitado el médico, la princesa respondió a un joven invitado, que estaba introduciendo una reflexión sobre la firmeza del trabajo de un médico, enfrentándose a una presión tan desmesurada como tener la vida de alguien en sus manos. – Los médicos no tienen corazón, ni sienten compasión, nada les emociona, están hechos sólo para una labor, son autómatas sirvientes- afirmó la princesa, con una frialdad hiriente, imperceptible para todos los invitados quienes respondieron carcajeándose. Ella forzó una carcajada y descargó su mirada en el joven médico, quien la observaba al otro lado de la mesa, con los ojos vidriosos, y de una tristeza tan grande que su corazón se resquebrajó.

Al día siguiente, cuando las ruidosas puertas del castillo se abrieron a mediodía, ella sabía que no sería él. Siguió leyendo su libro, con el cuerpo dolorido en partes que no sabía que tenía, y el criado entró anunciando al gobernador. Ella le recibió y le dio permiso para contratar a un nuevo médico, ya que el anterior había marchado por asuntos familiares y no volvería. El gobernador estaba muy preocupado porque en pocos días una parturienta muy sufrida daría a luz.

La princesa se olvidó de sí misma, y pensó en aquella nueva vida que estaba por llegar. Puso todo su poder en contratar a un gran profesional, para que ayudara a la partera, y una tarde de verano, inesperadamente fría, nació aquel niño, sano y salvo.

Semanas después, el día del bautizo, la princesa lo llevaba en brazos y lo mostró a todos sus vasallos a la salida de la iglesia. El bebé, con ojos asustados, de pronto la miró e insinuó una tenue mueca que tal vez era una sonrisa. Y la princesa sonrió, con esa sonrisa llena de pureza y esperanza, como aquel día que colmada de felicidad, aunque el médico nunca lo supo, miraba por la ventana esperando a aquel hombre que había estado cuidando de ella durante semanas, y al que ella admiraba y amaba en secreto. Esa misma sonrisa que el médico vio por primera vez, al girarse su princesa mientras él la observaba desde la puerta.

‘Todo lo bueno y malo que hacemos se nos devuelve con creces’, pensó. Así que escribió una carta de sinceras y amargas disculpas al médico, a quien su mejor sirviente tardó meses en por fin poder entregar. Pero no hubo respuesta, y nunca más volvió a saber de él.

‘La vida se abre camino’, pensó, y desde entonces no dejó de sonreír, desplegando alegría y buen hacer en todo su reino. Para ella, esa sonrisa significaba la esperanza de que algún día su joven médico por fin la supo perdonar y comprender.

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