
Élisabeth Louise Vigée Le Brun (París, 1755–1842) vive un momento de redescubrimiento sostenido. En 2026 su obra ocupa simultáneamente varias salas de Francia: el Louvre le dedica una exposición que se prolonga hasta marzo de 2027, el Grand Trianon de Versalles reúne piezas suyas ligadas a la corte, y museos como el Guimet o el Nacional de la Marina también exhiben trabajos relacionados con su entorno. A esto se suman varias biografías publicadas recientemente —firmadas por Angela Rosenthal y Melissa Hyde, Lucy Davies, Franny Moyle o Jordana Pomeroy—, señal de que la historiografía del arte sigue revisando y ampliando su lugar en el canon.
Esta atención tardía no es casual. Durante buena parte del siglo XX, Vigée Le Brun fue vista casi exclusivamente como «la retratista de María Antonieta», una etiqueta que reducía su carrera a un solo vínculo cortesano. La gran retrospectiva del Grand Palais de París en 2015 —itinerante después al Metropolitan de Nueva York y a la National Gallery de Canadá— fue clave para reivindicarla como una de las figuras centrales de la pintura europea del siglo XVIII, y esa reivindicación continúa hoy.
Sigue leyendo

