Amad el arte, de entre todas las mentiras es la menos mentirosa, Gustave Flaubert.
Dentro del ser humano se esconde una ficción y es, sin embargo, su verdadera esencia. Al parecer, es el motor y la motivación que materializa su día a día. El por qué de estas páginas es esa ficción que se refleja de manera sublime en el arte, porque es el arte el espejo de ‘nuestras mentiras’, ésas que nos asustan, nos estremecen, ésas en las que nos miramos y comprendemos, cual una catarsis. Ésa es la quaestio: despertar o vigorizar a las almas y a los sentidos mediante las letras y las imágenes. Por eso, antes que nada demos vueltas sobre las humanidades, esa alma mater (ese alimento intelectual) donde se esconden las mentiras de Flaubert (y de todos nosotros).
Las exposiciones temporales tienen una duración limitada, pero algunas dejan un legado que trasciende el tiempo de apertura. Es el caso de Expressionists: Kandinsky, Münter and The Blue Rider, celebrada en la Tate Modern entre abril y octubre de 2024. Aunque ya no puede visitarse, la institución mantiene en su página web una completa guía digital que permite recorrer el contenido de la muestra y comprender el discurso curatorial que la articulaba.
Cuando pensamos en la conservación de una obra de arte solemos imaginar una limpieza superficial o la reparación de algún desperfecto. Sin embargo, el reciente trabajo realizado por el British Museum sobre la Epifania de Miguel Ángel demuestra hasta qué punto la conservación es una disciplina científica que exige años de investigación y una paciencia extraordinaria.
La Epifania es uno de los dos únicos cartones preparatorios de Miguel Ángel que han llegado hasta nosotros. Se trata de un dibujo monumental, de más de 2,30 metros de altura, realizado entre 1550 y 1553 a partir de 26 hojas de papel superpuestas y unidas entre sí. Precisamente esa compleja estructura fue la que convirtió su conservación en un desafío excepcional. Tras la muerte del artista, la obra pasó por distintos propietarios y fue sometida a diversas intervenciones. En el siglo XIX se pegó sobre un grueso soporte de papel marrón y, posteriormente, sobre un panel de madera de pino. Lo que entonces parecía una solución terminó convirtiéndose, con el paso del tiempo, en el principal problema.
Pocas series han construido un personaje tan fascinante como Tommy Shelby. Inteligente, calculador y prácticamente imperturbable, el líder de los Peaky Blinders se ha convertido para muchos en el símbolo del hombre que desafía las normas, asciende desde la pobreza hasta el poder y nunca permite que las emociones gobiernen sus decisiones. Sin embargo, reducir a Tommy a un simple ejemplo de éxito sería quedarse en la superficie. Su historia es, sobre todo, una reflexión sobre el precio de perder el sentido de la vida.
La Primera Guerra Mundial marca un antes y un después en su existencia. El joven idealista que marchó al frente convencido de luchar por una causa justa regresa convertido en un hombre incapaz de creer en las promesas que antes daban sentido a su mundo. Ha visto demasiado sufrimiento para aceptar sin más las reglas de una sociedad que lo envió a combatir y después le pidió que retomara una vida normal. Esa fractura interior explica gran parte de sus decisiones posteriores.
«Un loco no es uno que ha perdido la razón, sino aquel que lo ha perdido todo excepto la razón». Esta afirmación revela uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: hemos convertido la racionalidad en medida casi exclusiva de la existencia. Sin embargo, ser solo razón nos empobrece como personas, porque el ser humano también necesita imaginación, sensibilidad, contemplación y sentido.
En España, uno de los problemas más profundos es la falta de educación estética. No se trata únicamente de aprender nombres de artistas, estilos o fechas, sino de educar la mirada para reconocer la belleza y comprender lo que esta despierta en nosotros. Quizá los grandes trascendentales —el bien, la verdad y la belleza— sean las virtudes hacia las que deberíamos aspirar. El arte participa de esa búsqueda: es camino y vía hacia lo trascendente y, por ello, puede dar sentido a la vida.
Lo verdaderamente interesante del arte es que nos invita a convertirnos en exploradores dentro de una jungla. Cada obra abre un territorio desconocido y, al recorrerlo, podemos encontrarnos a nosotros mismos. En el encuentro con la belleza descubrimos nuestra propia dimensión, nuestras limitaciones y también nuestra capacidad de elevarnos por encima de lo inmediato. A través de ella comprendemos que estamos rodeados de experiencias maravillosas capaces de conducirnos hacia otros mundos, otras épocas y otras formas de conciencia.
Pero estamos perdiendo la capacidad de meditar. Vivimos sometidos a la rapidez, al consumo de imágenes y a la distracción constante. Frente a ello, el arte exige tiempo, silencio y presencia. Su mayor fuerza consiste precisamente en ser un modo de conciencia: una manera de detenernos, mirar profundamente y comprender que la existencia no se agota en lo útil, lo cuantificable ni lo racional, sino en el misterio.
Tener sensibilidad estética no significa saber distinguir estilos ni acumular nombres de artistas. Significa aprender a mirar. Es la capacidad de detenerse ante una forma, percibir sus relaciones internas, reconocer su fuerza simbólica y permitir que transforme nuestra comprensión del mundo. Sin esa educación de la mirada, la realidad se vuelve plana: las cosas solo valen por su utilidad, su precio o la rapidez con que pueden consumirse.
Friedrich Schiller defendió en sus Cartas sobre la educación estética del hombre que la belleza permite reconciliar dos dimensiones humanas que suelen aparecer enfrentadas: la razón y la sensibilidad. La experiencia estética no anula el pensamiento, sino que lo libera de su rigidez y evita que el ser humano quede reducido a una inteligencia puramente instrumental. Educar estéticamente es, por tanto, formar personas capaces de sentir sin caer en el sentimentalismo y de razonar sin empobrecer la experiencia.
Un árbol no discute con el viento: hunde sus raíces, resiste la tormenta y espera a que el camino vuelva a quedar limpio. Algo semejante ocurre con el aprendizaje. Comprender exige paciencia, constancia y cierta humildad para aceptar que no sabemos tanto como creíamos. No todo conocimiento llega de manera inmediata, pero cada pregunta que formulamos ensancha un poco más nuestra relación con el mundo.
Marie Curie afirmó: ‘No hay nada que temer en la vida, solo hay que comprenderlo. Ahora es el momento de comprender más, para que temamos menos’. El conocimiento no elimina todos los peligros, pero nos permite distinguir entre los riesgos reales y los temores nacidos de la ignorancia. Quien comprende puede decidir con mayor libertad; quien no comprende queda expuesto al prejuicio, al rumor y a la manipulación.
El poder de la mentira política no consiste únicamente en conseguir que una población acepte una falsedad concreta, sino en debilitar su confianza en la posibilidad misma de conocer la verdad. Hannah Arendt en una entrevista concedida en 1973 al periodista Roger Errera, explicó que la multiplicación constante de mentiras acaba provocando que las personas ya no crean en nada y pierdan su capacidad de pensar, juzgar y actuar.
Hannah Arendt nació en Hannover en 1906, en el seno de una familia judía alemana no religiosa. Estudió filosofía con algunos de los pensadores más relevantes del siglo XX, entre ellos Martin Heidegger, Edmund Husserl y Karl Jaspers, bajo cuya dirección realizó una tesis doctoral sobre el concepto de amor en san Agustín. Pero su pensamiento político no nació únicamente de los libros. Surgió también de una experiencia histórica devastadora: el ascenso del nazismo y la destrucción de la vida civil alemana.
Este fragmento de Rocky Balboa puede ser un recurso especialmente valioso para mostrar a los alumnos algo que hoy no siempre resulta fácil de decirles: la vida no está obligada a ser cómoda, inmediata ni indulgente con nosotros. Rocky habla a su hijo con afecto, pero sin envolver la verdad en papel de regalo. Le recuerda que no puede construir su existencia culpando constantemente a los demás de todo aquello que no funciona.
‘Y lo bonito de esta vida es coser sueños, bordar historias y poder desatar los nudos de nuestros días.’
Leer es una forma silenciosa de reconstruirnos. Abrimos un libro pensando que vamos a conocer la vida de otros y, sin embargo, en alguna página inesperada, terminamos encontrándonos a nosotros mismos. Una frase nos detiene, un personaje nos incomoda, una historia pone nombre a algo que sentíamos pero que aún no sabíamos explicar.
Los libros no resuelven la vida, pero nos enseñan a mirarla desde otros lugares. Nos permiten habitar épocas que no conocimos, recorrer ciudades lejanas, comprender pensamientos distintos y descubrir que nuestras dudas, temores y deseos también fueron compartidos por quienes vivieron antes que nosotros.