HUMANITAS. Así empezó todo…

Amad el arte, de entre todas las mentiras es la menos mentirosa, Gustave Flaubert.

Dentro del ser humano se esconde una ficción y es, sin embargo, su verdadera esencia. Al parecer, es el motor y la motivación que materializa su día a día. El por qué de estas páginas es esa ficción que se refleja de manera sublime en el arte, porque es el arte el espejo de ‘nuestras mentiras’, ésas que nos asustan, nos estremecen, ésas en las que nos miramos y comprendemos, cual una catarsis. Ésa es la quaestio: despertar o vigorizar a las almas y a los sentidos mediante las letras y las imágenes. Por eso, antes que nada demos vueltas sobre las humanidades, esa alma mater (ese alimento intelectual) donde se esconden las mentiras de Flaubert (y de todos nosotros).

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La necesidad de una educación estética

Tener sensibilidad estética no significa saber distinguir estilos ni acumular nombres de artistas. Significa aprender a mirar. Es la capacidad de detenerse ante una forma, percibir sus relaciones internas, reconocer su fuerza simbólica y permitir que transforme nuestra comprensión del mundo. Sin esa educación de la mirada, la realidad se vuelve plana: las cosas solo valen por su utilidad, su precio o la rapidez con que pueden consumirse.

Friedrich Schiller defendió en sus Cartas sobre la educación estética del hombre que la belleza permite reconciliar dos dimensiones humanas que suelen aparecer enfrentadas: la razón y la sensibilidad. La experiencia estética no anula el pensamiento, sino que lo libera de su rigidez y evita que el ser humano quede reducido a una inteligencia puramente instrumental. Educar estéticamente es, por tanto, formar personas capaces de sentir sin caer en el sentimentalismo y de razonar sin empobrecer la experiencia.

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El conocimiento como forma de felicidad

Un árbol no discute con el viento: hunde sus raíces, resiste la tormenta y espera a que el camino vuelva a quedar limpio. Algo semejante ocurre con el aprendizaje. Comprender exige paciencia, constancia y cierta humildad para aceptar que no sabemos tanto como creíamos. No todo conocimiento llega de manera inmediata, pero cada pregunta que formulamos ensancha un poco más nuestra relación con el mundo.

Marie Curie afirmó: ‘No hay nada que temer en la vida, solo hay que comprenderlo. Ahora es el momento de comprender más, para que temamos menos’. El conocimiento no elimina todos los peligros, pero nos permite distinguir entre los riesgos reales y los temores nacidos de la ignorancia. Quien comprende puede decidir con mayor libertad; quien no comprende queda expuesto al prejuicio, al rumor y a la manipulación.

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Hannah Arendt: cuando la mentira destruye la capacidad de juzgar

El poder de la mentira política no consiste únicamente en conseguir que una población acepte una falsedad concreta, sino en debilitar su confianza en la posibilidad misma de conocer la verdad. Hannah Arendt en una entrevista concedida en 1973 al periodista Roger Errera, explicó que la multiplicación constante de mentiras acaba provocando que las personas ya no crean en nada y pierdan su capacidad de pensar, juzgar y actuar. 

Hannah Arendt nació en Hannover en 1906, en el seno de una familia judía alemana no religiosa. Estudió filosofía con algunos de los pensadores más relevantes del siglo XX, entre ellos Martin Heidegger, Edmund Husserl y Karl Jaspers, bajo cuya dirección realizó una tesis doctoral sobre el concepto de amor en san Agustín. Pero su pensamiento político no nació únicamente de los libros. Surgió también de una experiencia histórica devastadora: el ascenso del nazismo y la destrucción de la vida civil alemana. 

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Una lección de Rocky para el aula

Este fragmento de Rocky Balboa puede ser un recurso especialmente valioso para mostrar a los alumnos algo que hoy no siempre resulta fácil de decirles: la vida no está obligada a ser cómoda, inmediata ni indulgente con nosotros. Rocky habla a su hijo con afecto, pero sin envolver la verdad en papel de regalo. Le recuerda que no puede construir su existencia culpando constantemente a los demás de todo aquello que no funciona.

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Leer para construir un lugar propio

Leer para construir un lugar propio

‘Y lo bonito de esta vida es coser sueños, bordar historias y poder desatar los nudos de nuestros días.’

Leer es una forma silenciosa de reconstruirnos. Abrimos un libro pensando que vamos a conocer la vida de otros y, sin embargo, en alguna página inesperada, terminamos encontrándonos a nosotros mismos. Una frase nos detiene, un personaje nos incomoda, una historia pone nombre a algo que sentíamos pero que aún no sabíamos explicar.

Los libros no resuelven la vida, pero nos enseñan a mirarla desde otros lugares. Nos permiten habitar épocas que no conocimos, recorrer ciudades lejanas, comprender pensamientos distintos y descubrir que nuestras dudas, temores y deseos también fueron compartidos por quienes vivieron antes que nosotros.

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Cuando el dolor se convierte en contenido

Cuando el dolor se convierte en contenido

En las redes sociales circulan miles de frases sobre amores perdidos, heridas, despedidas y personas que llegaron para salvarnos. Algunas son hermosas; otras repiten ideas conocidas con una apariencia de profundidad. Todas comparten algo: transforman una experiencia íntima en un mensaje público, breve y fácilmente reconocible.

Frases como ‘No le puedo dar estrellas a quienes le temen a la noche’ o ‘Hay desastres tan bonitos que escriben en vez de llorar’ presentan el sufrimiento como una experiencia casi estética. El dolor deja de ser únicamente una herida y se convierte en escritura, imagen y relato. La tristeza, cuando encuentra las palabras adecuadas, parece adquirir un sentido que quizá no tenía mientras era vivida.

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Un lugar llamado Antaño, Olga Tokarczuk

Una novela mágica: la historia de un pueblo y sus excéntricos habitantes, que es al mismo tiempo la historia de un siglo y un país.

«Antaño es un lugar situado en el centro del universo»: con esta frase arranca esta novela. Antaño es un pueblo mítico situado en el corazón de Polonia, un microcosmos habitado por personajes singulares y excéntricos: Genowefa, Espiga, Misia, el Hombre Malo, el señor Popielski, Michał, el viejo Boski, Izydor, Florentynka, Ruta, la señora Papug, un rabino que regala un extraño Juego, cosacos invasores, almas en pena que se creen vivas, viejas locas que entienden a los animales, perros sabios como Pepona, caballos, vacas, ángeles guardianes e incluso el mismísimo Dios.

Un lugar llamado Antaño, la tercera novela de Olga Tokarczuk, la consagró como una autora de imaginación desbordante y una voz fundamental de la literatura polaca contemporánea, y la lanzó internacionalmente, en un importante primer paso que desembocaría en dos premios concedidos en 2018: el Man Booker Internacional y sobre todo el Nobel.

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El beso, Gustave Klimt

Arte que inspira… arte que cuenta historias…