Aquí empezó todo…


 

 

 

 

 

Las palabras a veces tienen una fuerza que nos pueden desgarrar el alma, otras, nos empujan a volar, tal vez nos reafirman nuestra identidad, quizás nos provocan rechazo, o nos infunden conocimientos nuevos o nos hacen reírnos a carcajadas… Las imágenes despiertan en nosotros la sorpresa, la confusión, el temor, los sueños, la curiosidad, la emoción… Sin embargo, existe un momento sublime en que las imágenes nos hablan con palabras que podemos entender, con códigos que sabemos descifrar… creo que Kant o Stendhal sabrían explicarlo mejor… hay que leer a Kant y Stendhal para potenciar nuestra capacidad de comprender la grandeza de lo sublime. Sin embargo, antes de entender y conocer, podemos creer, podemos dialogar con el arte aunque seamos niños aún.

Las piedras me hablaron cuando tenía poco más de una infancia común y feliz, pero los sillares rosados y capiteles esculpidos que levantan el monasterio de Sant Miquel de Cuixà me explicaron que había algo más que muñecas y domingos en bici. Me contaron que mis manos y mis ojos se extendían más allá de mí misma, a un universo pasado, remoto, que yo lo hacía presente escuchando a las piedras. Poco más tarde, Umberto Eco me mostró la magia que provoca en nosotros la unión con épocas vividas por otros hombres. Hay que leer a Umberto y su Nombre de la rosa para entender por qué vivimos mirando al pasado.

De feliz niña a rebelde adolescente, Monet y su puente japonés me contaron que la belleza se encumbra desde nuestro espíritu sediento de emociones nuevas, que me daba respuestas a esas preguntas comenzando a hilarse en mi mente. Los nenúfares me detallaron los tipos de luces que nos da la naturaleza… que nos da la vida… a veces tan nítidas que el alma se hace más grande, a veces más borrosas que el cuerpo se empequeñece, a veces tan radiantes que nos empujan a la oscuridad de la inquietud, de lo desconocido. El Impresionismo me contó que hay que alejarse con paciencia, con prudencia para ganar en perspectiva, para conocer mejor las formas de lo inmediato.

En París, siendo ya una joven… perdida y confusa, el Sacrée-Coeur de Picasso me susurró entre sombras de líneas azuladas y rectas… ‘si hubiera una única verdad, no sería posible pintar cientos de cuadros sobre el mismo tema’. En ese instante todo cobró sentido, el futuro apareció denso y con identidad propia, no era un camino límpido ni despejado, sino sólo mi camino. Los recuerdos que dolían, el pasado que no entendía, el tiempo que no sabía controlar, me tomaron de la mano y me enseñaron que en ese cuadro las formas no eran tan rígidas como parecían, que la propia vida debe ser eso… propia. El arte se apoderó de mí y todo cobró sentido.

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