Aquí empezó todo…

 

 

 

HUMANITAS

Amad el arte, entre todas las mentiras es la menos mentirosa, Gustave Flaubert. Así me gustaría presentar este blog. Un blog que habla o hablará de la ficción que se esconde en el ser humano, y sin embargo, es nuestra verdadera esencia. El motor y la motivación que materializa nuestro día a día, al fin y al cabo. El por qué de estas páginas son esa ficción que se refleja de manera sublime en el arte, porque creo que es el arte el espejo de ‘nuestras mentiras’, ésas que nos asustan, nos estremecen, ésas en las que nos miramos y comprendemos, cual una catarsis. Las letras y las imágenes conforman este blog, con la intención de despertar o vigorizar a las almas y a los sentidos. Ésa es la quaestio. De tal manera, antes que nada demos vueltas sobre las humanidades, esa alma mater (ese alimento intelectual) donde se esconden las mentiras de Flaubert (y de todos nosotros).

Las molestas letras no hacen ni más ni menos que velar por preservar de manera muy especial el dominio de la propia lengua, así como un conocimiento amplio de contenidos humanísticos (Historia, Literatura, Filosofía, Arte, Geografía …), para formar auténticos ciudadanos, dotados de criterio propio, y no simplemente trabajadores útiles para un mercado cada vez más competitivo y globalizado.
El estudio de las humanidades y de la cultura que de ellas surgió, ha contribuido a conformar en buena medida lo que hoy entendemos por civilización, que se debe garantizar y propiciar, ya que contribuye de manera decisiva a que los jóvenes comprendan el mundo que les ha tocado vivir, y sepan apreciar los valores que tanto ha costado desarrollar.
El conocimiento de las lenguas y de la cultura favorece además, el dominio de la propia lengua y la comunicación entre los ciudadanos de cualquier cultura, a la vez que facilita la comprensión de la terminología científica y técnica de cualquier ámbito del saber. Sin las humanidades, los profesionales de cualquier disciplina no sabrían ni por qué respiran, ni por qué construyen puentes, ni por qué publicitan productos, porque primero fueron las preguntas, las reflexiones, la comparación con el pasado, y luego la evolución y la acción tecnológica. El valor del hombre: sólo las humanidades ayudan a comprenderlo, y la tecnología pone al servicio del hombre este valor intrínseco que posee.

El gran medievalista Umberto Eco puso en boca de su carismático personaje Guillermo de Bakersville que los libros no están hechos para pensar, sino para ser sometidos a investigación. Este juego de palabras, dicho sea de paso, poco propicio en estas épocas de ‘tecnología de masas’, parece poco atractivo, arriesgado, e incluso sólo de valientes aventurarse a recordarlo. Sin embargo, no me da miedo escribirlo a quien esté ahí con ansias de saber algo más de sí mismo, a quien llega expectante, curioso, a corazón abierto de conocimientos. Quiero introducirme en el verdadero análisis científico del arte, temiendo de antemano que sólo busquéis la estética sensitiva de ello. Quiero desarticular, como Picasso en sus collages, las grandes obras en contextos, conceptos, elementos estructurales, pigmentos, mensajes, palabras inspiradoras… y el Partenón llegará hecho ruinas. Me gustará recordar con escritos propios o enlaces diversos, cómo la espiritualidad seguía vigente en el hombre del siglo XX con Rotko y cómo la sensualidad también fue propia de otros tiempos como en los modillones de las iglesias medievales.

El arte es una creación del ser humano y Allan Poe lo definió de forma exquisita diciendo que ‘todas las obras de arte deben empezar por el final’. Porque es el hombre quien llega a un final cuando en realidad comienza el impulso de crear, e incluso de inventar. La belleza surge en aquel momento en que somos conscientes de nuestra sensibilidad. ‘Cualquiera que sea su parentesco, la belleza, en su desarrollo supremo, induce a las lágrimas, inevitablemente, a las almas sensibles’.

Las palabras a veces tienen una fuerza que nos pueden desgarrar el alma, otras, nos empujan a volar, tal vez nos reafirman en nuestra identidad, quizás nos provocan rechazo, o nos infunden conocimientos nuevos o nos hacen reírnos a carcajadas… Las imágenes despiertan en nosotros la sorpresa, la confusión, el temor, los sueños, la curiosidad, la emoción… Sin embargo, existe un momento sublime en que las imágenes nos hablan con palabras que podemos entender, con códigos que sabemos descifrar… creo que Kant o Stendhal sabrían explicarlo mejor… hay que leer a Kant y a Stendhal para potenciar nuestra capacidad de comprender la grandeza de lo sublime. Sin embargo, antes de entender y conocer, podemos creer, podemos dialogar con el arte aunque seamos niños aún.

Las piedras me hablaron cuando tenía poco más de una infancia común y feliz, pero los sillares rosados y capiteles esculpidos que levantan el monasterio de Sant Miquel de Cuixà me explicaron que había algo más que muñecas y domingos en bici. Me contaron que mis manos y mis ojos se extendían más allá de mí misma, a un universo pasado, remoto, que yo lo hacía presente escuchando a las piedras. Poco más tarde, Umberto Eco me mostró la magia que provoca en nosotros la unión con épocas vividas por otros hombres. Hay que leer a Umberto y su Nombre de la rosa para entender por qué vivimos mirando al pasado.

De feliz niña a rebelde adolescente, Monet y su puente japonés me contaron que la belleza se encumbra desde nuestro espíritu sediento de emociones nuevas, que me daba respuestas a esas preguntas comenzando a hilarse en mi mente. Los nenúfares me detallaron los tipos de luces que nos da la naturaleza… que nos da la vida… a veces tan nítidas que el alma se hace más grande, a veces más borrosas que el cuerpo se empequeñece, a veces tan radiantes que nos empujan a la oscuridad de la inquietud, de lo desconocido. El Impresionismo me contó que hay que alejarse con paciencia, con prudencia para ganar en perspectiva, para conocer mejor las formas de lo inmediato.

En París, siendo ya una joven… perdida y confusa, el Sacrée-Coeur de Picasso me susurró entre sombras de líneas azuladas y rectas… ‘si hubiera una única verdad, no sería posible pintar cientos de cuadros sobre el mismo tema’. En ese instante todo cobró sentido, el futuro apareció denso y con identidad propia, no era un camino límpido ni despejado, sino sólo mi camino. Los recuerdos que dolían, el pasado que no entendía, el tiempo que no sabía controlar, me tomaron de la mano y me enseñaron que en ese cuadro las formas no eran tan rígidas como parecían, que la propia vida debe ser eso… propia. El arte se apoderó de mí y todo cobró sentido.

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