
Élisabeth Louise Vigée Le Brun (París, 1755–1842) vive un momento de redescubrimiento sostenido. En 2026 su obra ocupa simultáneamente varias salas de Francia: el Louvre le dedica una exposición que se prolonga hasta marzo de 2027, el Grand Trianon de Versalles reúne piezas suyas ligadas a la corte, y museos como el Guimet o el Nacional de la Marina también exhiben trabajos relacionados con su entorno. A esto se suman varias biografías publicadas recientemente —firmadas por Angela Rosenthal y Melissa Hyde, Lucy Davies, Franny Moyle o Jordana Pomeroy—, señal de que la historiografía del arte sigue revisando y ampliando su lugar en el canon.
Esta atención tardía no es casual. Durante buena parte del siglo XX, Vigée Le Brun fue vista casi exclusivamente como «la retratista de María Antonieta», una etiqueta que reducía su carrera a un solo vínculo cortesano. La gran retrospectiva del Grand Palais de París en 2015 —itinerante después al Metropolitan de Nueva York y a la National Gallery de Canadá— fue clave para reivindicarla como una de las figuras centrales de la pintura europea del siglo XVIII, y esa reivindicación continúa hoy.
Una técnica y una carrera fuera de lo común
Hija y alumna del pintor Louis Vigée, Élisabeth empezó a trabajar profesionalmente desde la adolescencia y, pese a no contar con formación académica reglada —vetada a las mujeres—, ingresó en la Académie Royale de Peinture et de Sculpture en 1783. A lo largo de su vida realizó más de 800 obras, entre ellas unos 600 retratos y autorretratos, hoy repartidos en el Louvre, la National Gallery de Londres, el Hermitage, el Kunsthistorisches Museum de Viena o el Met de Nueva York.

Su sello distintivo fue una capacidad poco frecuente para combinar el rigor técnico —el tratamiento de las telas, la luz y las texturas— con una conexión emocional genuina con sus modelos, alejándose de la rigidez habitual del retrato cortesano. Esa cercanía, sumada a su instinto para la autopromoción, le permitió construirse una carrera internacional excepcional para una mujer de su tiempo, con encargos en Francia, Italia, Austria, Rusia y Reino Unido.
El vínculo con María Antonieta
En 1778 pintó el primero de una larga serie de retratos de la reina, y llegaría a realizar más de treinta representaciones suyas a lo largo de los años, entre ellas María Antonieta con vestido de muselina (1783) —cuya informalidad, con la reina vestida de manera sencilla, generó un pequeño escándalo en el Salón— o María Antonieta y sus hijos (1787), pensado para presentarla como madre cercana en un momento de fuerte desgaste de su imagen pública. Esa estrecha relación personal y profesional fue decisiva para que Vigée Le Brun lograra su ingreso en la Academia Real el mismo año en que expuso ese último gran retrato.

El vínculo con la reina, que tanto la benefició en vida, se volvió también su condena política: al estallar la Revolución Francesa en 1789, Vigée Le Brun tuvo que exiliarse durante más de una década, recorriendo las cortes de Italia, Austria y Rusia, donde continuó retratando a la aristocracia europea antes de poder regresar a Francia.
Hoy, con exposiciones activas en varios museos franceses y una atención crítica renovada, Vigée Le Brun se consolida no como una simple cronista visual de la corte de Versalles, sino como una de las artistas más completas —y más resilientes— de su generación.