Woman at the window, Caspar Friedrich, 1822

Arte que inspira… arte que cuenta historias…

Querido Am:

La lluvia me ha despertado y no he podido volver a dormirme. No sabría decir si es la emoción de que todo lo limpia o que el querido otoño se acerca, pero por fin, veo la oportunidad de volver a empezar sin dudas. Yo siempre creí que cuando encontrase a mi príncipe, me salvaría de esos dolores que tuve que soportar sola a lo largo de estos últimos años, que todos los errores, decepciones, cobrarían un sentido, se desvanecerían, porque en ese momento tendría a alguien que me haría tan feliz que todo lo malo sería algo pasado.

Sigue lloviendo y está amaneciendo, aunque aún veo esa estrella en lo más alto del cielo. Desde que soy pequeña, yo la veo de color verde, pero nunca nadie ha visto ese color. Una vez se lo dije a mi abuelo y él me explicó que yo la veía verde porque era especial, porque sólo yo tenía la capacidad para ver el color de una estrella, Dios me había dado ese regalo de convertir una brillante estrella lejana, en una preciosa esmeralda.

Mi abuelo era un gran rey, cuidaba de su familia y de los que dependían de él. Yo era su princesa, y desde siempre sentí que los demás me trataban como alguien especial, tal vez sólo porque él lo marcó así. Era una niña bonita e intocable, fuerte y sensible. Siempre sentí una distancia a todo lo que me rodeaba, como si estuviese por encima de los demás. Sentía que nadie replicaba a mis deseos, cual una Scarlet del siglo XX. Ahora recuerdo que la sensación de seguridad que te otorga ese poder, en el fondo, te exige una soledad muy difícil de completar, y parecí imbuirme en la melancolía de una reina. Y sin embargo, yo sólo miraba cada noche al cielo y veía una estrella verde que nadie más distinguía. Al mirar esa estrella, sabía que había algo más que normas y rebeldías, que obligaciones y caprichos, que buenos y malos… sabía que en esa estrella había un secreto, un mensaje especial para mí.

Siempre me ha acompañado, aunque durante unos años dejé de verla, creí que se había ido, llegué a creer que nunca había existido. Y me perdí. Las normas y los caprichos, las responsabilidades y los deseos, los buenos y malos… todo se presentaba por igual, sin saber discernirlos. Y ya no supe sobre qué estaba reinando, qué debía dirigir y cómo hacerlo. Sentí que sin mi estrella todos se burlaban de mí, todos querían hacerme a su manera, todos querían corromper mi autoridad, mi justicia, mi cultura, mi fortaleza.

Pero un día… llegaste tú, y de pronto volví a ver tan verde esa estrella mía, como hacía tiempo que no la veía. Y recordé quién era, e incluso, recobré la conciencia sobre qué debía reinar. No te esperaba, aunque siempre te deseé. Hubo tantos príncipes, tal vez demasiados, que se presentaron ante mí como héroes, terminando por ser fantasmas que me llenaron de miedos. Pero tú fuiste un príncipe que llegó sin llamar la atención, de una manera discreta, sin pretensiones. Un príncipe que ni tan sólo reinaba sobre grandes territorios, a quien incluso lo desposeyeron de lo que merecía, pero que se mantuvo fiel a sí mismo y a su corazón. Y que su corazón vio esa reina que había en mí, y que yo creí que habían destronado. Tú me pusiste una corona sobre mi cabeza sin condiciones, sin pedir nada a cambio, sólo mi confianza en ti, sabías quién era cuando yo lo había olvidado. Me trataste como la reina que siempre fui, creíste en mí, cuando ni tan sólo ya creía en mí misma. Me ofreciste tu mano y cuando la acepté, después de múltiples quisquillosas reticencias, fui consciente de que mi sumisión a ti no significaba que te estaba dando mi reino, sino que tú cuidarías de mí para que yo pudiera reinar. Y el hecho de que yo pudiera reinar, era lo que amabas de mí.

Mi comportamiento a veces te inquietaba, y por eso tantas veces quise explicarte de dónde venía. Vine de una noche que duró mucho. De una noche en la que me parecía que era lo único que llegaría a conocer. Vine de cortas mañanas que rápidamente quedaban sin luz. Abría los ojos y sólo deseaba volver a cerrarlos porque la oscuridad era lo único que conocía y me había acostumbrado a ello. Vine con tantos sueños que creía que se habían hundido en el mar que tantas veces miraba solitaria. Pero una tarde me senté en un banco junto a ti, engasté mi cabeza en tu abrigo, sentía latir tu corazón y como una bolita de algodón me quedé ahí dentro, donde todo era tan cálido y seguro. Y así empecé a sentir latir al mío.

Y te conté o grité mis miedos, mis deseos, mis ilusiones … muy caótico… porque no sabía cómo hacerlo. Y aunque a veces no quisiste escuchar, te obligué… porque era mi manera de expresarme, de decirte que quería estar cerca de ti, porque había algo en ti que me inclinaba a mostrarte todo de mí. Sólo tú viste más allá de mis caprichos, mis retóricas y mis temores. Me vi a través de tus ojos y me di cuenta de que debía reinar a tu lado, porque sin ti mi reino no tendría validez, no sería mi reino.

Sin embargo, había algo que no me permitía estar en paz. Contigo era todo tan fácil, tan bonito. Estaba viviendo un infierno. Es que temí que quisieras cambiarme, y temí que en el fondo no vieses más que una corona brillante y fría. Tenía miedo de que tú nunca llegases a saber quién soy y que yo nunca llegase a saber quién eras tú. No supe tener paciencia, fe. Estaba contigo manteniendo una lucha constante entre la desconfianza y la realidad. Quería estar contigo, era lo único que deseaba pero no sabía tratarte. Me habías dicho ‘te quiero’ y yo quería quererte pero no sabía cómo. Deseé explicártelo pero nunca supe hacerlo. Un día, creo que algo te expliqué pero quizás entrar en mi caos fue demasiado para ti. De ahí los gritos, los desprecios, sólo era una niña asustada intentando llamar tu atención. Porque había algo dentro de mí que sabía que tú me sacarías de ésa. Hubo momentos maravillosos en que pensé que lo había logrado, pero aún quedaba camino por recorrer… ver y sentir con lucidez. Sólo quería que volvieras, pero no esperé descubrir lo que descubrí… Esas cosas que se me presentaron a modo de galanos recuerdos que se convirtieron en un espejo para mí. Los miré como en una película, y por fin vi lo que durante meses buscaba y no pude ver. El amor, la magia y la pasión que había entre nosotros. Y vi, que si todas esas cosas especiales, únicas y preciosas las había pasado contigo, era porque tú habías visto ese algo en mí que yo necesitaba que tú vieras para ser feliz. Y así también, vi ese algo en ti que necesitaba ver para saber que yo te hacía feliz.

Me enamoré de ti como nunca lo había estado. Fue como volver a casa después de un largo camino sola y cansada. Cuando te vi en mis recuerdos, me sentí en casa. Me temblaban las piernas y mi corazón latía de prisa. ¿Sabes qué sentí? Algo parecido a cuando vi la Torre Eiffel por primera vez. La había visto tantas veces en fotos, pero entrando a París, apareció a lo lejos, imponente, elegante, preciosa, fue ver algo nuevo por primera vez, algo que ya había visto pero que por fin conocía de verdad. Igual que con nuestro amor, sin saber distinguir dónde acababas tú y comenzaba yo.

Y me di cuenta de que no sabía lo que era el amor hasta que me dejaste. Creí que tu manera de ser, tranquila, nos convertía en una Madame Bovary cualquiera. Pero de pronto, se me aparecieron imágenes de todo lo que has hecho, lo que has dicho, y me sentí feliz. Supe que mi corazón había sido siempre tuyo. Supe que nuestros corazones se comprendían. Me di cuenta de que te quería porque supiste llegar como nadie a una pasión y a un romanticismo que yo siempre había deseado y no supe valorar en su momento. Me di cuenta de que tus silencios no eran falta de pasión, sino otra manera de ser tan válida como cualquier otra, por circunstancias que yo debí comprender, por carácter que yo debí conocer. Una pasión con la que yo no había contado, y que en mi necedad nunca supe valorar.

Mi estrella sigue ahí pero ahora estás tú, conmigo, comprendiendo, perdonando, y por eso yo quiero estar contigo. Lo bueno y malo de mi reino te lo ofrezco porque por alguna extraña razón, te hace mostrar esa tímida sonrisa y ese brillo en tus ojos, y me gusta.
Creo que ya has despertado, dejaré mi ventana y volveré a tu lado.

Siempre tuya, Or.

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