Arte que inspira… arte que cuenta historias…
Van Gogh, Amsterdam
En una secuencia de Van Gogh, a las puertas de la eternidad, un sacerdote encarnado por el siempre eficaz Mads Mikkelsen conversa con Vincent Van Gogh (Willem Dafoe), recluido en un manicomio, para averiguar cuál es su nivel de locura, y si debería dejarlo marchar a casa. El pintor dice que logra calmarse, en sus ataques de furia, cuando sale al campo y se fija en una brizna de hierba o en una rama.
Y añade: Siento que Dios es naturaleza y naturaleza es belleza. El sacerdote le pregunta si tiene un don para pintar y de dónde cree que proviene ese don, y el artista responde que es el único don que Dios le dio, y que si no vende nada y es pobre, entonces es que Dios le hizo pintor para la gente que aún no ha nacido. El padre permite que Van Gogh salga en libertad.
Van Gogh en el cine: https://es.aleteia.org/2019/03/11/dios-pintura-y-belleza-van-gogh-en-estado-puro/







Dada la importancia de la obra y la gran cantidad de personajes, acciones y objetos que incluye, la variedad de interpretaciones que ha recibido es muy elevada, a lo que ha contribuido también el rebuscamiento narrativo de Velázquez, que en vez de situar la escena principal en el primer plano, la ha confinado al fondo. Algunos críticos han leído el cuadro en clave política, y lo han interpretado como un aviso contra la soberbia. El hecho de que uno de los elementos principales del cuadro sea un tapiz, y que éste representa una obra de Tizianoha propiciado las lecturas en clave histórico-artística. Se ha señalado así, que la obra representa el paso de la materia (el proceso de hilar) a la forma (el tapiz) a través del poder del arte, con lo que estaríamos ante una defensa de la nobleza de la pintura. También se ha llamado la atención sobre el hecho de que Plinio afirmaba que uno de los mayores logros a los que podía aspirar la pintura es la imitación del movimiento, perfectamente lograda en la rueca. Este tipo de lecturas se ven apoyadas por el hecho de que durante el Siglo de Oro, un mitógrafo como Pérez de Moya (cuya obra poseía Velázquez) interpretaba la historia de Aracne como demostración de que el arte siempre es susceptible de avanzar, con lo que a través de una historia mitológica que tiene como clave un tapiz que reproduce un original de Tiziano copiado por Rubens, Velázquez construyó una narración sobre el progreso y la competencia artísticos. La técnica del cuadro invita a situarlo en la última década de la carrera de Velázquez, en la cercanía de obras como Las meninas o Mercurio 