¿Las hadas son irreales o la realidad de nuestros miedos?

Arte que inspira… arte que cuenta historias…

Waterhouse, Tempest

No es muy común encontrar una única imagen que simbolice todo un movimiento artístico de la manera que lo hace la imponente mujer prerrafaelita. El término «prerrafaelita» nos evoca imágenes de criaturas altas y esbeltas, de tez pálida, cabellos sueltos, labios escarlata y expresiones melancólicas. Las representaciones de estas modelos y musas, que a menudo eran las mujeres o amantes de los propios artistas, desafiaron los patrones de belleza victorianos y desencadenaron una gran controversia. Pero, más allá de enfrentarse a los estereotipos de belleza de la época, ¿ofrecían estos pintores la imagen de una mujer más moderna?

Cuando tres jóvenes pintores de espíritu alegre crearon la Hermandad Prerrafaelita en 1848, tenían el objetivo de transformar el arte inglés y alejarlo del rancio academicismo que consideraban que había brotado del arte de Rafael y sus seguidores. William Holman Hunt, John Everett Millais y Dante Gabriel Rossetti acudieron a la naturaleza para buscar inspiración estética y a la literatura para elegir los temas. En su misión de representar en un intenso realismo lo que habían visto anteriormente, evitaron una práctica habitual que consistía en juntar rasgos de caras distintas para crear una imagen idealizada. En este sentido, el famoso escritor John Ruskin defendió a este grupo de artistas afirmando que «todas las figuras prerrafaelitas, atendiendo a la expresión, son un retrato fiel de alguna persona» [1].

En una etapa temprana del arte victoriano, a las mujeres se les dotaba de una imagen dulce y frágil que representara su condición humilde y sumisa: mejillas rosadas, rostros redondos y cuerpos maternales eran algunos de los requisitos obligatorios. Cuando los prerrafaelitas irrumpen en la escena artística con sus mujeres altas y esbeltas, de mandíbulas marcadas, amplias bocas y manos grandes, sus detractores ven en este arte una «alabanza a la fealdad y la deformidad» [2]. Si contemplamos en la actualidad estos retratos podemos percibir, gracias a las miradas directas y confiadas, la fortaleza y la seguridad de estas mujeres, como en el cuadro Mariana de Millais. Sin embargo, en aquel momento el público victoriano las observaba con espanto.

Una revista realizó las siguientes declaraciones acerca de los pintores: «Parece que eligen a las peores modelos y luego exageran su fealdad hasta que se sale de lo natural. Es difícil imaginarse nada más feo y desagradable, y con tan poca gracia» [3]. Incluso el propio Charles Dickens arremetió contra la pintura de Millais Cristo en casa de sus padres, afirmando que María estaba «tan horrible con esa fealdad que […] podría destacar entre la multitud como si fuera un monstruo, tanto en el cabaret más nauseabundo de Francia como en la taberna más inmunda de Inglaterra» [4].

En medio de toda la agitación social que había traído consigo la industrialización, la preocupación sobre el decoro y la virtud estaba en aumento. La mujer poco convencional prerrafaelita contribuyó a este miedo generalizado, pues se percibía como una «protesta contra las respetadas y asentadas reglas del decoro y del saber estar» [5]. Estos atrevidos jóvenes artistas desafiaban la idealización de la mujer imperante pero, ¿se extendía su crítica más allá de la estética?

Los prerrafaelitas creían firmemente que el arte tenía una responsabilidad social. A pesar de que en un inicio los temas los sacaron de Shakespeare o de la Biblia, en torno a 1852 mostraron un gran interés por temas más modernos. Sus pinturas representan a menudo mujeres «caídas», como en el cuadro El despertar de la conciencia de Hunt de 1853, o la inacabada obra de Rossetti Encontrada, cuyo comienzo data de 1869.

Por una parte, El despertar de la conciencia causó un gran escándalo tras su exposición debido a que en él se representa a un hombre y su amante en la casa donde este le ha instalado. Pero Hunt no estaba mostrando su apoyo o glorificando esta situación: la modelo era su novia analfabeta Annie Miller, de familia obrera, a quien él quería convertir en una esposa respetada [6]. La pintura rebosa simbolismo y, de manera clara, advierte de los peligros que le aguardan a esta mujer. La lana enmarañada a sus pies y el gato jugando con el pájaro debajo de la mesa simbolizan su arriesgada situación, pero con la franja de luz solar que se aprecia en el primer plano Hunt ofrece a la mujer la posibilidad de la salvación mediante un matrimonio respetado y una casa tranquila alejada de todo este desorden.

Por otra parte, Encontrada, la obra de Rossetti, nos ofrece una imagen desalentadora de la suerte que puede correr una muchacha: en las calles de Londres, una campesina ha caído en una vida de prostitución y se encuentra atrapada y preparada para ponerse a la venta, igual que el ternero que se encuentra a sus espaldas. Su cara verdosa es un claro aviso de una posible vida de padecimientos y miseria.

Hunt y Rossetti puede que hayan importunado al statu quo con su representación de la vida urbana moderna, pero en última instancia su arte era una potente advertencia para las mujeres que se desviaran del estilo de vida respetado y aceptado por la sociedad victoriana. Si bien puede ser que las mujeres prerrafaelitas fueran más atrevidas y estuvieran más seguras de sí mismas que sus contemporáneas, su objetivo seguía siendo mantenerse puras y obedientes, en búsqueda de la santa unión del matrimonio.

Respecto a las mujeres que figuraban en los cuadros, ¿encarnaban estas el espíritu tradicional que sus pintores promovían? ¿Acaso eran sus vidas más liberales? Las mujeres representadas eran de toda condición, desde prostitutas hasta hijas de ministros. Sin duda, tal y como afirma Carole Silver, «insistir […] en sus ambiciones compartidas, personalidades y aspiraciones y tratarlos como forjadores de una unión de género resulta ridículo» [7]. A pesar de que algunas de ellas fueran artistas y gozaran de un talento que bien se podían igualar con el de sus famosos compañeros, está claro que sus logros han sido en su mayoría obviados.

De hecho, incluso hoy en día se sigue pensando que ellas aprendieron todo lo que saben de sus hombres. Por ejemplo, Elizabeth Siddal estudió en el Sheffield School of Art en lugar de recibir la formación de su marido Rossetti, según ha afirmado el hermano de esta [8]. Esta artista impresionó a John Ruskin e incluso llegó a aportar obras para una exposición prerrafaelita. Otro caso es el de Jane Morris, conocida por su pelo oscuro y sus llamativos rasgos quien, a pesar de ser una bordadora muy destacada, recibió escaso reconocimiento por su papel en el movimiento Arts and Crafts (en español, «Artes y Oficios»), en el que también colaboró su renombrado y admirado marido William Morris. Llegados a este punto, quizá no debamos contemplar el arte prerrafaelita como aquel creado para mujeres victorianas progresistas, sino que debamos reflexionar sobre la situación de aquellas mujeres que encontramos dentro de los cuadros.

 

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