Cuando Oxford haya dejado de pensar

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R. Phene Spiers, Christ Church Oxford

Algo extraño está ocurriendo en Oxford.

Una universidad que durante siglos ha enseñado a leer, argumentar, discutir y escribir empieza a escuchar entre sus propios profesores una queja que debería preocuparnos mucho más allá de sus viejos muros: algunos de sus estudiantes tienen dificultades para redactar correctamente, construir argumentos y desarrollar un pensamiento verdaderamente autónomo.

Un profesor implicado en admisiones llegó a afirmar recientemente que había conocido alumnos incapaces de escribir ensayos en un inglés gramaticalmente correcto, algo que, según él, anteriormente habría resultado extraordinario entre estudiantes de Oxford.

La anécdota sería poco importante si no afectara precisamente al corazón de lo que Oxford lleva siglos intentando enseñar.

Porque estudiar allí nunca ha consistido únicamente en aprender contenidos.

El famoso sistema de tutorías de Oxford obliga tradicionalmente al estudiante a leer por su cuenta, escribir un ensayo y sentarse después frente a un profesor para defenderlo. El tutor pregunta, contradice, desmonta argumentos y obliga a justificar cada afirmación. La propia universidad continúa definiendo este método como una forma de desarrollar el pensamiento independiente. Y en sus orientaciones para redactar ensayos insiste en algo esencial: un ensayo universitario importa menos por lo que sabes que por tu capacidad para construir un argumento.

Ahí está el verdadero problema.

Nunca hemos tenido tanta información al alcance de la mano y quizá nunca haya resultado tan fácil evitar el esfuerzo de pensarla.

Podemos encontrar una respuesta en segundos, resumir un libro que no hemos leído, ordenar unas ideas que todavía no hemos tenido e incluso obtener un texto perfectamente construido antes de haber decidido qué queremos decir.

Pero pensamiento y respuesta no son lo mismo.

Pensar exige tiempo. Exige leer algo con lo que no estamos de acuerdo. Dudar. Equivocarse. Volver atrás. Elegir una palabra porque otra no expresa exactamente aquello que queremos decir.

Y escribir es una de las formas más exigentes de pensar.

Por eso debería inquietarnos que esta dificultad aparezca precisamente en Oxford.

No porque sus estudiantes tengan que ser perfectos, sino porque instituciones como Oxford han sobrevivido durante siglos defendiendo una idea que hoy parece casi revolucionaria:

que tener acceso a todo el conocimiento del mundo sirve de muy poco si hemos perdido la capacidad de juzgarlo.

Quizá el problema de nuestra época no sea que sepamos menos.

Quizá sea que cada vez necesitamos pensar menos para parecer que sabemos.

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