Una relectura de Charlotte, Emily y Anne Brontë a través de sus pertenencias más cotidianas

Existen infinitas maneras de acercarse a la vida de una escritora, pero pocas resultan tan íntimas como observar aquello que tocó con sus propias manos. Esa es la premisa de El gabinete de las hermanas Brontë. Nueve objetos que marcaron sus vidas, el ensayo biográfico de la investigadora estadounidense Deborah Lutz, especialista en literatura victoriana, publicado en España por Ediciones Siruela dentro de su colección El Ojo del Tiempo.
En lugar de seguir la estructura clásica de una biografía —nacimiento, formación, obra, muerte—, Lutz organiza el libro en torno a nueve objetos concretos que pertenecieron a Charlotte, Emily y Anne Brontë: desde los diminutos libros que las tres hermanas confeccionaban de niñas para dar forma a sus mundos imaginarios, hasta los bastones que empleaban en sus caminatas solitarias por los páramos de Yorkshire, pasando por cartas, escritorios, mascotas familiares y álbumes de recuerdos. Cada capítulo toma una pertenencia como punto de partida y, a través de ella, reconstruye un fragmento del día a día de la familia en su casa de Haworth, siguiendo un hilo cronológico que atraviesa los momentos decisivos de sus biografías: la temprana muerte de la madre, los años trabajando como institutrices y el esfuerzo, no siempre bien recibido, por abrirse paso en el mundo literario.
La propuesta de Lutz se inscribe en una corriente de estudios que en las últimas décadas ha ganado terreno en el ámbito académico: la llamada «cultura material» o «teoría de las cosas», que toma objetos —reales o descritos en la ficción— como vía de acceso a la historia y la sensibilidad de una época. La autora reconoce abiertamente los riesgos de este método: al tratarse de objetos mudos, cualquier interpretación implica cierto grado de conjetura, y el propio libro admite la tentación de proyectar demasiado sobre esos silencios. Sin embargo, Lutz opta por situar cada pieza en su contexto cultural y cotidiano, evitando sobrecargarla de significados que no puede sostener, en un ejercicio que combina el rigor documental con una prosa cuidada y sensorial.
El resultado es un retrato poco convencional de una de las familias literarias más estudiadas de la historia. Frente a la Charlotte Brontë novelista o la Emily autora de Cumbres borrascosas, el libro propone conocer a unas mujeres a través de lo que vistieron, cosieron, escribieron a mano y dibujaron, materiales tan diversos como hilo, papel, madera, azabache, hueso o terciopelo que, según defiende la propia autora, todavía conservan hoy algo del cuerpo y la presencia de quienes los usaron.
Lejos de ser un simple catálogo de curiosidades victorianas, la obra plantea una reflexión más amplia sobre la memoria y la manera en que los objetos —los ajenos y, por extensión, los propios— sobreviven a las personas que los poseyeron. En ese sentido, el libro se dirige tanto a quienes ya conocen a fondo la obra de las Brontë como a los lectores que se acercan por primera vez a su leyenda, ofreciendo una puerta de entrada inusual: no la de sus novelas, sino la de las pequeñas cosas que llenaron sus vidas antes de convertirse en literatura.