
Algo extraño está ocurriendo en Oxford.
Una universidad que durante siglos ha enseñado a leer, argumentar, discutir y escribir empieza a escuchar entre sus propios profesores una queja que debería preocuparnos mucho más allá de sus viejos muros: algunos de sus estudiantes tienen dificultades para redactar correctamente, construir argumentos y desarrollar un pensamiento verdaderamente autónomo.
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