A veces pensar es la forma más difícil de seguir adelante

Arte que inspira… arte que cuenta historias…

Rodin, Musée Rodin, Paris

Está sentado, pero no descansa.

Quizá ese sea el engaño de El pensador de Rodin. Lo hemos visto tantas veces que hemos terminado convirtiéndolo en una imagen tranquila de la inteligencia, como si pensar consistiera simplemente en apoyar la cabeza sobre una mano y esperar a que aparezcan las respuestas.

Pero no hay nada tranquilo en ese hombre.

Rodin lo imaginó primero como Dante ante las puertas del Infierno. Allí estaba, contemplando desde lo alto las almas condenadas y tratando de comprender aquello que tenía delante. Pensando, sí, pero pensando frente al dolor.

Y quizá por eso todo su cuerpo piensa.

Piensa la espalda inclinada, piensa el brazo que sostiene el peso de la cabeza, piensan las piernas tensas y esa mano enorme que parece incapaz de encontrar reposo. Rodin no representa el pensamiento como algo separado del cuerpo. Pensar pesa. Pensar cansa. Pensar duele.

Hay momentos en los que sería mucho más sencillo no hacerlo.

No preguntarse por qué alguien se marchó, por qué nosotros nos quedamos, por qué escogimos un camino y abandonamos otro. No volver sobre una conversación buscando aquella palabra que quizá habría cambiado las cosas. No preguntarnos qué habría sucedido si hubiéramos tenido más valor, menos orgullo o simplemente un poco más de tiempo.

Vivir sería bastante más fácil si pudiéramos atravesar algunos lugares sin mirar hacia abajo.

Pero Dante necesitó mirar el Infierno antes de poder salir de él.

Y tal vez nosotros también.

Porque hay pensamientos que nos atormentan y otros que terminan salvándonos, aunque al principio resulte difícil distinguir unos de otros. A veces aquello que más evitamos pensar es precisamente lo que necesitamos comprender.

El hombre de Rodin permanece inmóvil. Sin embargo, pocas figuras de la historia del arte parecen contener tanta energía. Podría levantarse en cualquier momento.

Quizá eso sea lo verdaderamente hermoso.

Que después de haber mirado durante mucho tiempo nuestros propios infiernos, siempre queda la posibilidad de levantarse.

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