El paisaje: entre el horizonte y el límite

El paisaje, tal como lo entendemos hoy, no es un simple registro de la naturaleza: es una invención del arte. Durante siglos, la manera en que representamos montañas, mares o llanuras ha moldeado nuestra propia percepción de lo natural, y ha determinado incluso nuestra capacidad de emocionarnos ante un fenómeno tan cotidiano como una puesta de sol o una tormenta.

En la cultura europea, el paisaje empezó a valorarse como género pictórico independiente a partir del siglo XVII, cuando dejó de ser un simple telón de fondo para las escenas religiosas o mitológicas y se convirtió en protagonista por derecho propio. Alcanzó su máxima expresión en el siglo XIX, primero con el Romanticismo —que buscaba en la naturaleza lo sublime, lo inabarcable, aquello que desbordaba la razón humana— y después con el Impresionismo, que se interesó por la luz cambiante y la experiencia fugaz de estar frente a un lugar concreto en un momento concreto.

Marcus Maeder, Perimeter Pfynwald, 2018–2023

Hoy, el paisaje natural ha vuelto a ocupar un lugar central en el arte contemporáneo, aunque por motivos muy distintos a los del XIX. Por un lado, las tecnologías digitales han abierto nuevas posibilidades de fabulación: los artistas ya no se limitan a representar un lugar real, sino que pueden construir paisajes híbridos, imaginarios, hechos de fragmentos de imágenes que nunca coexistieron. Por otro lado, la inquietud ante el deterioro medioambiental y la amenaza del cambio climático ha convertido al paisaje en un tema urgente, casi político: ya no es solo un espacio para la contemplación, sino también un testimonio de la huella humana sobre el territorio.

Andrea Galvani, The End (Action #5), 2015

Si en su origen el paisaje permitió soñar con la idea de un paraíso, o dar forma visual a lugares remotos y desconocidos que muy pocos podían visitar, en la actualidad recupera relevancia precisamente por lo contrario: por su capacidad de hibridar imágenes, de mezclar lo documental con lo ficticio, y de plantear preguntas sobre qué significa realmente «ver» un territorio en la era de la imagen digital.

Rémy Zaugg, Proyección (mañana/tarde), 1990-2019.

Ahí es donde entra la idea del «horizonte y el límite»: ante la inmensidad del mundo, el ser humano solo puede aprehenderlo encuadrando la mirada, decidiendo qué queda dentro y qué queda fuera del cuadro, del objetivo fotográfico o de la pantalla. Representar un paisaje es, en el fondo, construir una ilusión: elegir un límite allí donde la naturaleza no tiene ninguno. Esa tensión —entre lo que se muestra y lo que se recorta, entre lo real y lo construido— atraviesa tanto la pintura romántica del siglo XIX como las fotografías a gran escala de artistas contemporáneos, o las instalaciones sonoras que registran el paisaje no ya con la vista, sino con el oído.

Shezad Dawood, Gwynt y Môr, 2018

En definitiva, el paisaje nunca ha sido neutral: es una lente cultural a través de la cual cada época proyecta sus propios miedos, deseos y contradicciones frente al mundo natural. Comprenderlo como género artístico —y no solo como escenario— es también comprender cómo hemos aprendido, generación tras generación, a mirar aquello que nos rodea.

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