“Quien no conoce el pasado está condenado a repetirlo.” —atribuido a George Santayana
Cada cierto tiempo regresa el mismo debate: ¿tiene sentido seguir enseñando latín y griego clásico en una época dominada por la programación, los idiomas útiles para el mercado laboral y la inmediatez digital? La pregunta suele plantearse desde una lógica estrictamente utilitaria, como si el valor de una materia dependiera únicamente de su aplicación práctica inmediata. Pero esa lógica, aplicada al conocimiento humanístico, resulta profundamente limitada.
El latín y el griego no se estudian hoy para hablarlos, sino para comprender de dónde procede buena parte del pensamiento, el vocabulario y las instituciones que todavía organizan la vida contemporánea. Conceptos como democracia, filosofía, política o justicia no son solo palabras: son herencias de un largo proceso histórico que solo se entiende plenamente cuando se conoce la lengua y la cultura que los generó. Aprender griego clásico, por ejemplo, no es memorizar una gramática muerta, sino adentrarse en la manera en que una civilización entera aprendió a pensar sobre sí misma.
Existe además un argumento cognitivo, respaldado por numerosos estudios en el ámbito educativo: el estudio de lenguas clásicas mejora sensiblemente la comprensión gramatical y el vocabulario en la lengua materna, además de facilitar el aprendizaje posterior de otras lenguas romances. Traducir un texto latino obliga a descomponer la frase, identificar funciones sintácticas y reconstruir el sentido con precisión, un ejercicio mental que entrena una forma de razonamiento analítico difícilmente sustituible por otras disciplinas.

Pero quizá el argumento más importante no sea el cognitivo, sino el humanístico. Leer a Cicerón, a Sófocles o a Virgilio en su lengua original —o incluso acercarse a ellos a través de una buena traducción acompañada de contexto— permite entender que las preguntas que hoy consideramos propias, sobre la justicia, el poder, el amor o la muerte, ya fueron formuladas hace más de dos mil años con una lucidez que sigue resultando incómoda. Esa continuidad es, precisamente, lo que da sentido a las humanidades: no ofrecen respuestas cerradas, sino la certeza de que no somos los primeros en hacernos las preguntas importantes.
Renunciar a esa herencia por considerarla poco rentable empobrece la formación de cualquier sociedad, por avanzada que sea tecnológicamente. Las lenguas clásicas no compiten con la innovación ni con el progreso: le ofrecen, precisamente, la profundidad histórica que evita que ese progreso avance sin memoria ni sentido crítico.