
HUMANITAS. Así empezó todo…
Amad el arte, de entre todas las mentiras es la menos mentirosa, Gustave Flaubert.
Dentro del ser humano habita una ficción que, paradójicamente, es su verdadera esencia: motor y motivación de la vida cotidiana. El sentido de estas páginas surge de esa ficción que el arte refleja con particular lucidez: un espejo de nuestras “mentiras”, aquellas que nos asustan y estremecen, pero en las que nos reconocemos y comprendemos a modo de catarsis. Ésa es la quaestio: despertar —o vigorizar— almas y sentidos mediante letras e imágenes. Por eso conviene volver a las humanidades, ese alma mater —alimento intelectual— donde se esconden las mentiras de Flaubert (y, en el fondo, las de todos nosotros).
El estudio de las humanidades, y de la cultura nacida de ellas, ha contribuido decisivamente a modelar lo que hoy llamamos civilización. Debe, por tanto, garantizarse y promoverse: nos ayuda a comprender el mundo que nos ha tocado vivir y a valorar los principios que tanto ha costado construir.
Las llamadas “molestas” letras no hacen otra cosa que custodiar un saber amplio —Historia, Literatura, Filosofía, Arte, Geografía…— orientado a formar ciudadanos con criterio, no solo trabajadores útiles para un mercado cada vez más competitivo y global. Además, el conocimiento humanístico afina el dominio de la propia lengua, facilita la comunicación entre culturas y abre puertas a la terminología científica y técnica de cualquier ámbito del saber. Antes de la acción estuvieron las preguntas, la reflexión, la comparación con el pasado; después llegaron la evolución y la tecnología. El valor del ser humano se entiende desde las humanidades; la tecnología pone al servicio de ese valor las herramientas adecuadas.
Umberto Eco, en boca de Guillermo de Baskerville, sugirió que los libros no están hechos para pensar, sino para ser investigados. En tiempos de “tecnología de masas”, esta idea puede parecer poco atractiva o incluso temeraria; sin embargo, no intimida a quien llega con hambre de conocimiento. Extendamos ese principio al arte: sometámoslo a investigación, exposición y reflexión. El arte es creación humana y, como recordaba Allan Poe, ‘todas las obras de arte deben empezar por el final”: el impulso creador llega cuando el ser humano toma conciencia de su sensibilidad; “la belleza, en su desarrollo supremo, induce inevitablemente a las lágrimas en las almas sensibles’.
Las palabras pueden desgarrar, elevar, afirmar identidades, provocar rechazo, enseñar o hacer reír; las imágenes despiertan sorpresa, confusión, temor, sueño, curiosidad, emoción. Hay un momento en que las imágenes nos hablan con códigos comprensibles; quizá Kant o Stendhal lo explicaron mejor —léanse— para comprender la grandeza de lo sublime. Pero incluso antes de entender y conocer, podemos creer y dialogar con el arte, también desde la infancia.
Las piedras me hablaron cuando tenía poco más de una infancia común y feliz, pero los sillares rosados y capiteles esculpidos que levantan el monasterio de Sant Miquel de Cuixà me explicaron que había algo más que muñecas y domingos en bici. Me contaron que mis manos y mis ojos se extendían más allá de mí misma, a un universo pasado, remoto, que yo lo hacía presente escuchando a las piedras. Poco más tarde, Umberto Eco me mostró la magia que provoca en nosotros la unión con épocas vividas por otros hombres. Hay que leer a Umberto y su Nombre de la rosa para entender por qué vivimos mirando al pasado.
De feliz niña a rebelde adolescente, Monet y su puente japonés me contaron que la belleza se encumbra desde nuestro espíritu sediento de emociones nuevas, que me daba respuestas a esas preguntas comenzando a hilarse en mi mente. Los nenúfares me detallaron los tipos de luces que nos da la naturaleza… que nos da la vida… a veces tan nítidas que el alma se hace más grande, a veces más borrosas que el cuerpo se empequeñece, a veces tan radiantes que nos empujan a la oscuridad de la inquietud, de lo desconocido. El Impresionismo me contó que hay que alejarse con paciencia, con prudencia para ganar en perspectiva, para conocer mejor las formas de lo inmediato.
En París, como cualquier joven… perdida y confusa, el Sacrée-Coeur de Picasso me susurró entre sombras de líneas azuladas y rectas… ‘si hubiera una única verdad, no sería posible pintar cientos de cuadros sobre el mismo tema’. En ese instante todo cobró sentido, el futuro apareció denso y con identidad propia, no era un camino límpido ni despejado, sino sólo mi camino. Los recuerdos que dolían, el pasado que no entendía, el tiempo que no sabía controlar, me tomaron de la mano y me enseñaron que en ese cuadro las formas no eran tan rígidas como parecían, que la propia vida debe ser eso… propia. El arte se apoderó de mí y todo cobró sentido.