
Cuando pensamos en la conservación de una obra de arte solemos imaginar una limpieza superficial o la reparación de algún desperfecto. Sin embargo, el reciente trabajo realizado por el British Museum sobre la Epifania de Miguel Ángel demuestra hasta qué punto la conservación es una disciplina científica que exige años de investigación y una paciencia extraordinaria.
La Epifania es uno de los dos únicos cartones preparatorios de Miguel Ángel que han llegado hasta nosotros. Se trata de un dibujo monumental, de más de 2,30 metros de altura, realizado entre 1550 y 1553 a partir de 26 hojas de papel superpuestas y unidas entre sí. Precisamente esa compleja estructura fue la que convirtió su conservación en un desafío excepcional. Tras la muerte del artista, la obra pasó por distintos propietarios y fue sometida a diversas intervenciones. En el siglo XIX se pegó sobre un grueso soporte de papel marrón y, posteriormente, sobre un panel de madera de pino. Lo que entonces parecía una solución terminó convirtiéndose, con el paso del tiempo, en el principal problema.
Los análisis científicos detectaron que tanto la madera como los antiguos adhesivos estaban liberando compuestos ácidos que degradaban lentamente el papel original. Además, las capas de cola animal y engrudo aplicadas durante siglos se habían oscurecido, endurecido y provocado desgarros, deformaciones y una pérdida de nitidez en el dibujo. El reverso de la obra, oculto desde mediados del siglo XIX, nunca había sido examinado.
La primera fase consistió en retirar el papel de soporte. Para ello no podían emplearse grandes cantidades de agua, ya que el cartón estaba formado por hojas solapadas que podían separarse. Los conservadores desarrollaron un sistema basado en geles químicos y físicos capaces de aportar humedad únicamente donde era necesario. Armados con espátulas, pinzas y bisturíes romos, fueron retirando milímetro a milímetro el papel y las antiguas capas de adhesivo. Solo esta operación requirió siete meses de trabajo.
Después repararon desgarros con finísimo papel japonés, reforzaron las pérdidas, añadieron nuevos márgenes de protección y realizaron un nuevo reentelado utilizando tres capas de papel japonés de distinto grosor, colocadas en direcciones alternas para evitar futuras deformaciones. Finalmente, las reintegraciones se matizaron con acuarela para que no distrajeran visualmente al espectador sin ocultar la historia material de la obra.
El resultado no fue «devolver» el dibujo a un supuesto estado original, sino garantizar que pueda conservarse durante generaciones. El artículo publicado por el British Museum explica con un nivel de detalle admirable todo este proceso y permite comprender que, detrás de cada gran obra expuesta en un museo, existe un trabajo silencioso en el que se combinan historia del arte, química, física, artesanía y una enorme responsabilidad hacia el patrimonio común.